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Martires

Ángel Trapero Sánchez-Real

  • Causa: Causa de Ignacio Aláez Vaquero y compañeros, seminaristas
  • 20 años aprox
  • Estudiante de teología
  • Nacimiento: Navalcarnero (Madrid) 23 de junio de 1916
  • Muerte: Cementerio del Este, 9 de noviembre de 1936
  • Sepultura: Panteón familiar, en el cementerio de Navalcarnero. Desde 2017, bajo retablo de San Dámaso, en la capilla del Seminario Conciliar de Madrid

Navalcarnero es uno de los puntos claves que sirve de base a la curia diocesana madrileña en el exilio durante la Guerra Civil. Allí se instaló su sede el 26 de noviembre de 1936, una vez conquistada la zona suroeste de Madrid por las tropas nacionales. Pocos días antes, el 9 de noviembre, en las tapias del cemen- terio del Este, era ejecutado un hijo del pueblo: el seminarista Ángel Trapero.

Había nacido en esa localidad madrileña el 23 de junio de 1916, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Juan Trapero, segoviano, era relojero. Su madre, Sabina Sánchez-Real, era natural de San Martín de Valdeiglesias (Madrid). Lo bautizan en la parroquia de la Asunción, que sería saqueada durante la guerra junto con las ermitas de san José, san Roque y Vera Cruz.

No tenemos datos de la infancia de Ángel hasta el inicio de sus estudios eclesiásticos en Madrid, en cuyo Seminario se matricula por vez primera en segundo de latín. Antes debió cursar primero en algún otro seminario del que no tenemos noticia. En el Seminario Conciliar de la Inmaculada y san Dámaso hace siete cursos: tres de latín y humanidades, tres de filosofía y uno de teología. Sus calificaciones son sobresalientes. En su formación colaboran don Rafael García Tuñón, rector, y don José María García Lahiguera, director espiritual. No hay duda de que la reciedumbre de ellos recibida fue pieza cla- ve para afrontar la persecución religiosa ocurrida también en su pueblo natal cuando llega allí en julio de 1936, finalizado el curso.

Navalcarnero se mantiene bajo el control del gobierno de la República hasta octubre de 1936, cuando fue tomada por el ejército de Burgos. Hasta ese momento el control del municipio lo asume la Brigada de investigación criminal, al servicio de la Dirección General de Seguridad, de cuyos archivos se sirve para la localización de los llamados enemigos de la República. A este archivo se une el incautado en el Seminario durante su asalto en julio, donde constan los datos de los seminaristas. Sólo así se entiende la localización de Ángel Trapero, cuyos datos no constan en ningún otro lugar, al no estar afilia- do a organización ni grupo político alguno.

El 11 de octubre la casa de don Juan Trapero recibe una desagradable visita: un grupo de milicianos practica un registro en su domicilio. Se llevan consigo di- nero, joyas y a su hijo Ángel por ser seminarista. Lo trasladan a la checa de García Atadell, donde está dos días. Luego es puesto a disposición de la Dirección Gene- ral de Seguridad, organismo que tiene su origen a finales del siglo XIX y que, en dependencia del Ministerio de la Gobernación, fue responsable de las políticas de orden público en todo el país, con una habitual praxis de silencio ante las sa- cas, checas y paseos practicados por los grupos responsables del hostigamiento anti católico. De sus calabozos ha dejado escrito Félix Schlayer, ingeniero alemán vinculado a la embajada de Noruega: «Sólo Dante podría describir lo que ocurría allí en aquellos días de tan espantosa saturación y horrible cohabitación».

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El 17 del mismo mes Ángel es llevado a la cárcel de Porlier sin orden judicial alguna. Se trataba de las instalaciones del colegio Calasancio, en la manzana formada por las calles del General Díez Porlier, Lista, Padilla y Conde de Peñalver, incautado por el gobierno republicano en aplica- ción del artículo 26 de la Constitución de 1931, que prohibía a las con- gregaciones religiosas la dedicación a la educación o a actividad alguna, quedando su patrimonio afecto al Estado. El 9 de noviembre hubo una saca de treinta y un reclusos en aquella cárcel. Era un procedimiento habitual de extracción masiva y sistemática de presos desde los espacios reducidos donde habitualmente se hacinan los detenidos, encerrados en grupos de hasta seis personas en celdas individuales, con destino al lu- gar donde son ejecutados. En este caso, son trasladados al cementerio del Este. Con Ángel van al menos dos sacerdotes: los hermanos Marcial y José Oliver Escorihuela; y muy probablemente Maximiliano González Bustos y Bernardo del Campo, también presbíteros. Sus cadáveres fueron enterrados en una fosa común. Ángel es inscrito como cadáver des- conocido, muerto a causa de una hemorragia. «La muerte del mártir es la muerte del cristiano por excelencia. Esta muerte - según escribía Carlos Rahner - es aquella que, en el fondo, la muerte cristiana debe ser». Ángel llevó esta afirmación hasta el final.

Como escribía Javier Real en la publicación conmemorativa del cente- nario del Seminario de Madrid, Ángel Trapero es «de aquellos seminaristas cuyo martirio es patente». En efecto, desde el primer momento su nom- bre fue incluido en el listado de mártires elaborado por la diócesis de Ma- drid-Alcalá y enviado a los párrocos terminada la Guerra Civil. Sin duda, era uno de los que estaba en la mente del obispo Eijo y Garay cuando, en 1937, escribe la carta pastoral titulada La hora presente: «¡La paz sea con voso- tros! Esa paz, amadísimos hijos, la habéis merecido con el martirio moral de vuestros sentimientos y el martirio cruento de tantos y tantos hijos muy amados que han sucumbido atravesados por las balas homicidas sus cora- zones por el ¡delito! de amar a Dios y a España».

 

Finalizada la contienda, el cadáver de Ángel pudo ser identificado gra- cias a unas fotografías y su cuerpo fue trasladado al panteón familiar del cementerio de Navalcarnero. El 7 de diciembre de 2017, en el marco de las Vísperas de la Solemnidad de la Concepción Inmaculada de la Virgen Ma- ría, patrona del Seminario de Madrid, los restos del siervo de Dios fueron depositados en la capilla del Seminario, bajo el retablo de San Dámaso - se- gundo patrono del Seminario y papa de los mártires romanos. Asistieron al emotivo acto los obispos de la Provincia eclesiástica de Madrid y los semi- naristas de las tres diócesis madrileñas, junto con los rectores y formado- res, así como familiares de Ángel Trapero y de otros seminaristas mártires. La inscripción del sepulcro recuerda a los actuales seminaristas que tienen muy cerca a Ángel y a los demás compañeros mártires y - con palabras de san Clemente Romano - los invita a acercarse a ellos, atletas de Cristo ven- cedores en el certamen de la fe.